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El editorial de la Editorial #1: ¿Para qué editamos libros?

Et tout le reste est littérature.

Art poétique, Paul Verlaine

         Muchos son los aprendizajes que he adquirido desde que llegué a la Coordinación Editorial en el mes de octubre. Asumir este cargo me ha permitido identificar las nuevas dinámicas del mercado de libros, así como el influjo que los medios y las tecnologías emergentes han tenido en su ecosistema. Quizás el choque más grande fue enterarme de que en la seccional solo se publican libros de manera digital. No obstante, con el trasegar de los meses entendí que aquello fue acaso un cambio ínfimo respecto al mar de cambios que han alterado mi manera de comprender el oficio editorial.

         Durante mis años formativos, y aun hace un par de meses, entendía la edición como un trabajo cuyo fin era producir y hacer circular libros. A raíz del auge de las tecnologías que permiten escribir, publicar y distribuir obras con mayor facilidad, me he estado cuestionando cuál es, actualmente, la razón de ser de las editoriales universitarias.
Julián Laverde Restrepo
Este boletín se deriva de la charla titulada «Retos y aprendizajes de la edición en tiempos de virtualidad», la cual se presentó durante la FILBo 2026. Foto cortesía de la Dirección de Comunicaciones, sede Bogotá.

      El internet ha facilitado el diálogo entre los participantes de la cadena editorial. Ahora es posible que correctores, traductores y diagramadores trabajen en conjunto desde diferentes lugares. Asimismo, la distancia geográfica ha dejado de ser impedimento para que el lector acceda a libros editados en países que le resultan sumamente lejanos y que, de otro modo, jamás podría adquirir. Incluso, el surgimiento de plataformas de autopublicación, entre ellas Substack, demostró que sí es posible una producción y comercialización editorial autogestionada, al margen de las grandes empresas de edición.

         Sí, cada vez es más fácil publicar. Sin embargo, y paradójicamente, cada vez es más difícil conseguir que una obra destaque entre la miríada de publicaciones lanzadas cada año. Los datos de Cámara Colombiana del Libro (2026) evidencian aumentos cuantitativos: año tras año se asignan más ISBN, lo que implica que se producen más libros. Empero, a ello subyace una realidad ineludible: muchas de las obras editadas terminan en el olvido, acaso recogiendo escombros y cenizas en repositorios institucionales o como trofeos en la vitrina solipsista e intelectual de los autores.

         Esto lo debemos entender más allá de una lógica comercial, pues nos obliga a cuestionarnos de qué manera estamos concibiendo la edición. Me pregunto: ¿no será que estamos dejando al público por fuera de nuestro ecosistema? Y aquí quiero aclarar que el fin de estas divagaciones no es incentivar prácticas mercantilistas, en las que se escribe según la demanda del mercado. Al contrario, pretendo enfocarme en dos puntos: primero, no son muchas las personas a las cuales les interesa adquirir libros técnico-científicos (principal sector de las editoriales universitarias y que, además, representa el 29 % del total de ISBN asignados); segundo, algunas áreas de conocimiento cuentan ya con una gran cantidad de obras producidas y avaladas no solo por sellos de renombre, sino también por la aceptación y reconocimiento del público lector.

         Por eso encuentro fundamental abocarnos hacia la identificación de estrategias que resalten el valor de nuestros proyectos editoriales. Es posible que la calidad sea el punto de partida. No podemos vivir en la idea del rey y su traje invisible: las obras tienen que ser, de entrada, sobresalientes. Tampoco podemos engañar al lector ni mucho menos podemos esperar que invierta tiempo y dinero en un material de baja calidad. El internet nos ha legado un público crítico y visceral, para quienes el esmero, o su ausencia, resultan evidentes.

         Todo lo expuesto se ve afectado por un nuevo problema, el cual ha ganado cada vez más relevancia: la irrupción de la inteligencia artificial generativa. Gracias a ella, la forma en la que escribimos, evaluamos y, en general, editamos libros ha sido modificada sustancialmente. La inteligencia artificial ha hecho más ágil el proceso de escritura, pero también ha trasladado parte del trabajo de los distintos actores hacia una caza de brujas: hay que señalar quién es el culpable de usar IA en su texto y lapidarlo. Las editoriales universitarias no tienen otra opción más que valerse de listados que supuestamente caracterizan cómo es la escritura hecha con IA o de programas de identificación de escritura mediada por dichas herramientas generativas.

         Visto así, el panorama es más bien desolador. La producción editorial científica ha terminado sucumbiendo a dinámicas en las que los procesos se automatizan y el libro termina pensado como un producto que se debe escribir y publicar con prontitud —como si fuera comida rápida—. A su vez, su éxito debe medirse según el margen de ganancia generado. En dicha ecuación, reitero, estamos obviando al lector. Autores, correctores, diagramadores, editores e instituciones universitarias buscamos, más que tejer una obra de calidad, cumplir con exigencias y cronogramas poco realistas. Nada de eso sirve si al lector no le interesa leer el libro.

         Quizá el desafío de las editoriales universitarias no deba simplificarse a responder cómo publicar más libros, sino, por el contrario, lograr que las obras publicadas merezcan ser leídas. Si esa sigue siendo nuestra responsabilidad, como lo ha sido siempre, entonces la edición trascenderá su perspectiva de proceso técnico y mercantil: será un compromiso con la calidad, la pertinencia y la legitimidad del conocimiento que decidimos poner en circulación.

  • El recomendado del mes

         Con miras a apoyar la difusión de las obras editoriales publicadas en la seccional, voy a aprovechar un párrafo en cada boletín para hacer recomendaciones.

         En estos días comienzan los preparativos para los veinte años de la USTA en Villavicencio. Por eso, quiero recomendarles, a propósito de la historia de la seccional, una obra que se publicó este año y tuvo la fortuna de hacer parte de la agenda FILBo 2026: Trayectorias de la Facultad de Ingeniería Civil de la USTA Villavicencio en los Llanos Orientales, la cual pueden consultar en el siguiente enlace del repositorio institucional: http://hdl.handle.net/11634/71940

Redacción

Julián Laverde Restrepo

Coordinador Editorial USTA Villavicencio



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